Brasil: Ganas de cambiar

A horas de la segunda vuelta en Brasil,Propaganda electoral en favela Dilma logró despegarse lo suficiente como para votar tranquila, sabiendo que de no mediar una sopresa mayúscula de últmo momento, seguirá siendo la presidenta de Brasil cuatro años más. Pero no la tuvo fácil y si no aprende de lo que le sucedió, a ella y a su partido, tendrá una segunda presidencia complicada.

Fue la campaña más cambiante y reñida de los últimos años. Una campaña agresiva, polarizante, de las que dividen a grupos de viejos amigos y hacen que parientes se dejen de hablar. Según coincidieron las principales encuestas en la primera vuelta iba ganando Dilma, después la pasó Marina y después volvió tomar la delantera Dilma y en el sprint final Aecio pasó a Marina para meterse en el balotage. En la campaña para la segunda vuelta Aecio arrancó delante de Dilma, pero la semana pasada Dilma lo alcanzó y ahora llega a la recta final con siete un ocho puntos de ventaja, o sea por encima del margen de error estadístico.

Marina Silva, rara combinación de ecologista radical y evangelista antiabortista, ex ministra de Medio Ambiente de Lula, cuando tuvo su oportunidad no supo explicarle al electorado cómo pensaba zanjar sus contradictorias tendencias. Marina tiene carisma y una linda historia personal, pero sin mensaje, sin programa, con un partido político prácticamente alquilado por la muerte de su líder en un accidente de avión, liviana como espuma, tuvo sus diez minutos hasta que su capital político se evaporó.

Aecio Neves, niño bien, bien fiestero, favorito de la clase alta de San Pablo, era la fija para candidato del partido socialdemócrata desde el 2011, cuando ganó la la senaduría de Minas Gerais, después de haber gobernado ese importante estado del cordón industrial sur-centro. Nieto del ex presidente Tancredo Neves, pertenece a la derecha o extrema derecha de su partido. Durante los debates usó un lenguaje macartista y grosero para referirse a Dilma, dando a entender que quería convertir a Brasil en Cuba o Venezuela, como si fuera posible. El referente de su espacio político y dos veces presidente, Fernando Henrique Cardoso, optó por mantenrse a una prudente distancia de Aecio y sus posturas de mano dura en materia de seguridad y de alineamiento automátco con Estados Unidos en relaciones exteriores. Pero aún así Fernando Henrique contribuyó a la imagen elitista de su partido cuando en un reportaje en plena campaña dio a entender que el nordeste pobre votaba a Dilma porque sus habitantes eran ignorantes y poco educados.

Dilma Rousseff, la actual presidenta brasilera, es candidata a la reelección por el Partido de los Trabajadores, formación que viene de ganar tres elecciones presidenciales seguidas con relativa tranquilidad. Fue elegida a dedo cuatro años atrás por el líder indiscutido del partido y dos veces presidente, Luis Inacio Lula da Silva. Lula la eligió cuando ella era una funcionaria casi desconocida sin peso electoral ni trayectoria en el partido. Alcanzó con el dedazo de Lula para que el partido primero y el electorado después le dieran un cheque en blanco. No era para menos. Las políticas sociales que aplicó Lula durante sus presidencias sacaron a 50 millones de brasileros de la pobreza. Con tecnócratas neoliberales manejando el ministerio de Economía y el Banco Central, intelectuales de izquierda a cargo de la diplomacia y operadores del PT tejiendo alianzas políticas para imponer su agenda parlamentaria, inventó una exitosa fórmula para gobernar y para integrarse al mundo que le permitió dejar el gobierno con un insólito margen de aprobación de arriba del 80 por ciento. Por eso cuando Lula dijo hace cuatro años que había que votar a Dilma, la mayoría de los brasileros le hizo caso. Ya no.

En estos últimos años pasaron varias cosas. Fernando Henrique y los socialdemócratas hicieron reformas de estado en plena era neoliberal, allá por los años 90. Pero aunque las reformas tuvieron la impronta de la época, lejos de desmantelar el estado brasilero, lo fortalecieron. Petrobras se abrió a capital privado pero no se privatizó. Hubo recortes varios, sí, reforma previsional, reforma del sistema de salud, del régimen laboral. La moneda brasilera se fortaleció. Después,con más viento a favor y menos deuda, pero también con valentía, compromiso y visión, llegó la revolución social de Lula. Cuando asume Dilma Brasil es una potencia del BRICS, con vastas reservas petroleras, listo para organizar un mundial de fútbol y una olimpíada. Más que nunca "o país mais grande do mundo".

Pasaron muchas cosas pero Brasil no cambió su sistema político corrupto, prebendario e ineficiente, Un sistema de alianzas oportunistas, de bancas legislativas y sellos partidarios que se venden al mejor postor. Prolífico en coimas, choreos, repartos oscuros. Ocurrió con Fernando Henrique y con Lula también. Dilma fue más inflexible con los funcionarios de su gobierno involucrados en denuncias por delitos varios, pero lejos de eliminar el problema, lo visibilizó aún más. Era dinero que no llegaba a los hospitales, al transporte público, a los necesitados. En contraste con la melodía triunfalista del mundial de fútbol, apareció un concierto desafinado presupuestos inflados, sobreprecios, trabajos mal hechos y demorados sin razón. Se construyeron elefantes blancos en forma de estadios que nadie iba a usar después de la competencia. Fortunas despilfarradas a la vista de todos, hicieron que la gente saliera a la calle a protestar. Primer mundo para todos y no sólo para burócratas y oportunistas. Y ahora se viene el megafestival universal de los Juegos Olímpicos, con sus demandas y sus presupuestos para adornar otra vidriera de ultima generación. Encima la economía no ayuda: años de crecimiento ínfimo, la amenaza de la inflación, la patria financiera que insiste con un clima de negocios más amigable y apuesta todo en la bolsa de San Pablo por los candidatos de la oposición.

Cansancio y desgaste tras doce años de gobierno, ya no hay cheque en blanco, ni siquiera para Lula. Da la impresión de que el electorado brasilero, lejos de enamorarse de Dilma, buscó alternativas pero al final ninguna lo convenció. Marina por liviana e impredecible, Aecio por reaccionario y poco admirable. Da la impresión de que con un candidato más centrista, más parecido a Lula o a Fernando Henrique, esta vez la opocisión llevaba las de ganar. Las clases medias brasileras, empezando por esos cincuenta millones que salieron de la pobreza de la mano del PT, ya no se conforman con un subsidio y un puesto de trabajo. Les vendieron un Brasil de primer mundo y es lógico que quieran algo más. Nada extravagante: piden viajar bien, tener buenos colegios, ser atendidos con los insumos necesarios en el hospital, ser recompensados con un salario digno. Dilma y el PT no crearon el sistema político prebendario que drena valiosos recursos del Estado con trampas y mentiras y que parece haber cansado a los brasileros. Pero se acomodaron a ese sistema y tuvieron su mensalao.

Ahora es tiempo de cambiar, de hacer las reformas que hacen falta, de dar respuesta al mal humor social. Entender que no la votarán a Dilma el domingo porque están contentos con lo que hizo hasta ahora,sino porque esta vez la alternativa no convenció. Entender por qué la miltancia del PT recién se movilizó y salió a la calle la semana pasada, cuando la amenaza de un gobierno de la derecha dura era palpable. En esta campaña tan cambiante e impredecible lo único que se mantuvo constante fue el ida y vuelta, o sea, las ganas de cambiar, Terminarán votando por Dilma, pero no tanto por ella, sino más que nada porque el otro es mucho peor. Ojalá que entienda el mensaje detrás de esta nueva oportunidad.


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